Puede extrañar la presencia de este cuadro inicial siguiendo al título de la entrada. Tal que uno y otro se contradijeran. Pero no, en este caso, la mente puede, perezosa y simple, jugarnos una inadecuada utilidad si esto concluyese, pues se complementan. Cómo podría yo desentrañar -averiguar, penetrar lo más dificultoso y recóndito de una materia- máscara alguna si antes otra persona, en algún rincón del mundo, no hubiera puesto en su fabricación -manufactura en el caso de este Hacedor de máscaras, obra del mexicano Carlos Orduña- su tiempo y pericia y todo cuanto a mayores cada cual pueda y quiera suponer. Bien cierto es, lo sé, que también las máscaras pueden ser producto de un proceso industrial cuasi privado de humanidad, que no de intervención humana, pero eso lo obvio, en este caso, digamos, por salud mental y porque, de alguna manera, obstaría mi escritura, con la que hoy sencillamente pretendo que sirvan imagen e introito para dejar constancia del porqué de mi ausencia por días de este Cuaderno.
He estado estas jornadas, parte de sus días y sus noches, admirando a las cuatro damas que desde el pasado día siete conviven conmigo y que, como saben, me fueron amigablemente enviadas por un ignoto nuevo amigo de toda la vida -como bien me enseñó Antonio Merayo, a identificar esas afinidades que nacen inesperadamente y parecen venir y darse desde muy lejos y antiguo- merced en este caso a amistades comunes.
Y así, admirando sus cuerpos y las máscaras tras las que siempre han permanecido, y permanecen, he pasado varias horas, siempre breves por su velocidad de consunción, con cada una de ellas, una a una todo sea dicho, hasta creer haber desentrañado su secreto o, al menos, hasta dejar fluir por escrito lo que a mi me sugirió de cada cual: cuerpo, máscara y actitud.
Si bien parcas en palabras, generosas y pacientes han sido conmigo estas seductoras cuatro compañías, a quienes, ignorando su nombre, di en llamar Europa, Búsqueda, Fragilidad y... Maltrato. Ni un sí ni un no salió de sus bocas a mis cavilaciones, mas si me hicieron notar como se iban sintiendo a gusto según lo escrito iba siendo modificado y corregido hasta ser dado por aceptable.
De mi relación con ellas, he salido enriquecido y también fortalecido, además de exhausto. Que torpe como es uno en sus pasiones, incluso en las que más gusta, de todo encuentro habido he salido extenuado y de los habidos con la sin igual Maltrato, la y los que más huella han dejado en mi, la y los que ya sin duda por siempre anidarán en lo mejor de mi, no miento si digo que he salido exánime. Y aún ahora, si a ella dirijo mi mirada, siento todo el estremecimiento que sólo una profunda identificación personal posibilita.
Han sido momentos intensos y plenos los dedicados a ellas , en los que, como describe Leonardo en sus diarios que, paseando un día por el Val d'Arno y hallándose ante una cueva, me detuve en el umbral, cegado por la tiniebla, y miré al interior, cubriéndome los ojos ojos con la mano. De pronto, me asaltaron dos sensaciones: temor y deseo. Temor ante la oscuridad amenazadora de la caverna; deseo de ver si, por ventura, ocultaba cosas maravillosas. Claro es que, en mi caso, y salvadas obviamente las distancias, la cueva, era máscara, y el deseo, dejarme llevar por lo que la contemplación de cada dama enmascarada me provocaba y, así, en cada uno de esos actos re-crearme en la escritura
Quede aquí pues también como consumación de esta explicativa comparecencia este otro cuadro, de igual título y autor que el primero, a modo de reconocimiento y gratitud a quienes bien por sus creadas máscaras, bien por el uso de éstas en sus creaciones artísticas me han propiciado esos momentos de admiración, contemplación, muda, que no nula, comunicación que me permitió adentrarme más adentro en la espesura de lo que cada ser, mujer en estos casos, puede estar proclamando aún tras una máscara, patente en estas ocasiones y no tanto en otros.
Y así, admirando sus cuerpos y las máscaras tras las que siempre han permanecido, y permanecen, he pasado varias horas, siempre breves por su velocidad de consunción, con cada una de ellas, una a una todo sea dicho, hasta creer haber desentrañado su secreto o, al menos, hasta dejar fluir por escrito lo que a mi me sugirió de cada cual: cuerpo, máscara y actitud.
Si bien parcas en palabras, generosas y pacientes han sido conmigo estas seductoras cuatro compañías, a quienes, ignorando su nombre, di en llamar Europa, Búsqueda, Fragilidad y... Maltrato. Ni un sí ni un no salió de sus bocas a mis cavilaciones, mas si me hicieron notar como se iban sintiendo a gusto según lo escrito iba siendo modificado y corregido hasta ser dado por aceptable.
De mi relación con ellas, he salido enriquecido y también fortalecido, además de exhausto. Que torpe como es uno en sus pasiones, incluso en las que más gusta, de todo encuentro habido he salido extenuado y de los habidos con la sin igual Maltrato, la y los que más huella han dejado en mi, la y los que ya sin duda por siempre anidarán en lo mejor de mi, no miento si digo que he salido exánime. Y aún ahora, si a ella dirijo mi mirada, siento todo el estremecimiento que sólo una profunda identificación personal posibilita.
Han sido momentos intensos y plenos los dedicados a ellas , en los que, como describe Leonardo en sus diarios que, paseando un día por el Val d'Arno y hallándose ante una cueva, me detuve en el umbral, cegado por la tiniebla, y miré al interior, cubriéndome los ojos ojos con la mano. De pronto, me asaltaron dos sensaciones: temor y deseo. Temor ante la oscuridad amenazadora de la caverna; deseo de ver si, por ventura, ocultaba cosas maravillosas. Claro es que, en mi caso, y salvadas obviamente las distancias, la cueva, era máscara, y el deseo, dejarme llevar por lo que la contemplación de cada dama enmascarada me provocaba y, así, en cada uno de esos actos re-crearme en la escritura
Quede aquí pues también como consumación de esta explicativa comparecencia este otro cuadro, de igual título y autor que el primero, a modo de reconocimiento y gratitud a quienes bien por sus creadas máscaras, bien por el uso de éstas en sus creaciones artísticas me han propiciado esos momentos de admiración, contemplación, muda, que no nula, comunicación que me permitió adentrarme más adentro en la espesura de lo que cada ser, mujer en estos casos, puede estar proclamando aún tras una máscara, patente en estas ocasiones y no tanto en otros.













